Neurólogo agotado en una guardia

No se puede cuidar a los pacientes destrozando a sus médicos

Teruel existe, pero sin neurólogos.

La noticia de que Teruel se queda sin neurólogos y de que los pacientes con ictus deben ser derivados a Zaragoza no es una anécdota local. Es un aviso. Otro más. Uno de esos avisos que se acumulan desde hace años mientras nuestros responsables políticos miran hacia otro lado o se limitan a gestionar titulares.

Al hilo de esta noticia, y también del proyecto del nuevo Estatuto Marco sanitario aprobado por el Consejo de Ministros sin contar realmente con los médicos, creo que conviene decir algunas cosas con claridad.

Soy neurólogo. Tengo 55 años. Trabajo en el Servicio Andaluz de Salud desde 1997, año en el que entré como residente en mi hospital. Mi primer contrato tras terminar la residencia, en 2001, fue un contrato de guardias. Eso significaba, literalmente, que me contrataban un día para hacer una guardia y me cesaban al día siguiente.

Así estuve varios años.

Me contrataban un día y me cesaban al siguiente.

En aquellos días podía hacer dos o tres turnos de trabajo seguidos, entrar a las tres de la tarde a una guardia y, sin embargo, a efectos de jubilación, solo se me contaba un turno. Dicen que era legal. Puede ser. Pero era obligatorio. No era una elección personal. Era lo que había si querías trabajar.

También estuve contratado con una beca de investigación que, en la práctica, era una excusa para ver pacientes del sistema público cobrando bastante menos de lo que habría cobrado como adjunto. Durante años encadené contratos precarios, turnos interminables y guardias en condiciones que hoy sigo considerando inhumanas. Hubo meses en los que llegué a hacer hasta nueve guardias. Lo habitual era hacer seis, siete u ocho.

También hubo, lo reconozco, una parte de complicidad por mi parte. Era joven, tenía que pagar una hipoteca y necesitaba el dinero. Y como fuera del sistema público tampoco pagaban mucho mejor, uno iba aceptando lo que le ofrecían.

Con el tiempo conseguí contratos más largos, después una plaza en el sistema público y, afortunadamente, ya no hago guardias. A los médicos jóvenes suelo decirles que, por muchas guardias que hagan, difícilmente alcanzarán el número que hice yo en aquellos años. No lo digo con orgullo. Lo digo como constatación de una época que nunca debió existir y que, en demasiadas cosas, sigue existiendo.

Durante todos estos años he visto cómo las distintas administraciones han maltratado a los médicos. En Andalucía, durante décadas, la administración socialista mantuvo una situación absolutamente injusta. Apenas había oposiciones. No sé si en treinta años hubo cuatro convocatorias. Las oportunidades para conseguir una plaza y unas condiciones dignas eran mínimas. La única salida era acumular tiempo trabajado a base de contratos basura, contratos de guardias y precariedad.

Es cierto que, con el cambio de gobierno, la situación de las oposiciones mejoró. Ahora son más frecuentes y la proporción de contratos temporales es bastante menor que antes. Pero la filosofía de fondo sigue siendo demasiado parecida: considerar a los médicos como mano de obra disponible, resistente, vocacional y silenciosa. Profesionales a los que se puede exigir casi todo sin preocuparse demasiado por sus condiciones laborales, por su salud física o por su salud mental.

Siempre he estado en contra de las guardias de 24 horas. Las he hecho durante muchos años, pero me parecen un sistema inhumano para los médicos y peligroso para los pacientes. En el ámbito sanitario, las guardias de 24 horas recaen de forma casi exclusiva sobre la profesión médica. Puede haber casos puntuales en otros colectivos, pero no son comparables. El grueso de enfermería, por ejemplo, trabaja por turnos. No es lo mismo.

Además, hay muchísima desinformación. Una parte de la población cree que las guardias se pagan muy bien, cuando en realidad se pagan por debajo de lo que correspondería por hora trabajada ordinaria. Otra parte sigue creyendo que después de una guardia nos dan dos o tres días libres. Es falso. Después de una guardia se deja de trabajar la mañana siguiente porque, sencillamente, sería imposible seguir trabajando con seguridad tras pasar la noche en vela.

Yo me he dormido de pie pasando planta cuando era residente. Me he dormido en una consulta de urgencias mientras atendía a un paciente. No debería ocurrir nunca. Y no lo digo por mí, porque mis circunstancias actuales ya son otras y, por edad y por situación laboral, no me afectan directamente los cambios que ahora quieran introducir sobre las guardias. Lo digo porque me sigue pareciendo injusto y, sobre todo, peligroso para los pacientes que la atención urgente dependa de médicos agotados.

No confío en los políticos. Nos han demostrado, de todos los colores, que no se puede confiar en ellos. Algunos han sido más miserables que otros, especialmente en Andalucía. Y me produce una rabia difícil de describir ver ahora a políticos que están en la oposición defender la sanidad pública cuando, durante años, tuvieron la oportunidad de mejorarla y no lo hicieron.

Tampoco confío ya en los sindicatos. Durante muchos años pertenecí a UGT. Hace unos meses me di de baja. Lo hice después de pedir explicaciones sobre por qué no estaban con nosotros en reivindicaciones que considero justas, especialmente en materia de derechos laborales. No solo no se pusieron de nuestra parte, sino que recibí una respuesta destemplada, maleducada y personalmente ofensiva. Ese mismo día me di de baja. Ahora no pertenezco a ningún sindicato.

La ministra y otros responsables de su ministerio mienten cuando dicen que este Estatuto está consensuado con los médicos. También mienten cuando hablan de consenso con los llamados “sindicatos del ámbito”, una expresión que han utilizado para excluir al Sindicato Médico de la negociación. Lo curioso es que ahora incluso esos sindicatos del ámbito, fundamentalmente ligados a enfermería, empiezan a darse cuenta de que tampoco se ha cumplido lo que se les prometió. Durante un tiempo parecían satisfechos con mejorar sus condiciones a costa de los médicos. Ahora comprueban que la palabra de la ministra tampoco valía demasiado para ellos.

No voy a cansar a nadie explicando punto por punto por qué muchos médicos estamos en contra de este Estatuto. Hay compañeros mucho más activos en redes que lo han explicado con claridad. Lo que sí puedo decir es que, desde que entré en un hospital en 1997, nunca he vivido una huelga médica como esta. He vivido huelgas de residentes, he vivido otras movilizaciones, pero nunca una protesta tan prolongada, tan dura y tan ampliamente sentida.

Apoyo esta huelga. No puedo seguirla por completo por razones económicas. Al contrario de lo que algunos quieren hacer creer, la mayoría de los médicos no somos millonarios elitistas. Necesitamos nuestro sueldo para vivir, pagar una casa y sostener a nuestras familias. Hay días en los que puedo hacer huelga y días en los que no. Como yo, muchos otros médicos.

Si los médicos fuésemos económicamente libres, si nos sobrara el dinero como parece sobrarles a algunos dirigentes políticos, el seguimiento sería probablemente abrumador. Aun así, la movilización está siendo muy amplia. Y lo es, sobre todo, gracias a los médicos jóvenes.

Y aquí está, para mí, el punto central.

Esto no es una amenaza. Es una advertencia. O, mejor dicho, es la descripción de un hecho.

Los médicos jóvenes de ahora no son como fuimos nosotros.

Son mejores.

No tienen esa idea estoica, casi sacrificial, de que deben cargar sobre sus hombros la salud de la población por encima de su propia salud, de su familia o de su vida personal. No van a aceptar contratos basura como aceptamos nosotros. No van a aceptar condiciones leoninas. No van a aceptar faltas de respeto de los políticos ni tampoco de las propias estructuras hospitalarias, donde demasiadas veces la peor jungla profesional está dentro.

Los jóvenes de ahora tienen más fuerza interior. Probablemente porque llevan años escuchando que son buenos, inteligentes y preparados. Y se lo han creído. Me parece bien que se lo crean, porque es verdad.

No van a aceptar que una ministra que hace años dejó de ejercer como médica pretenda ahora imponerles un marco laboral que ella misma, cuando aún trabajaba como anestesista, habría rechazado de plano.

Los médicos jóvenes están de acuerdo en que la asistencia sanitaria debe garantizarse. Yo también lo estoy. Pero saben algo que algunos parecen no querer entender: la asistencia no puede garantizarse pisoteando los derechos laborales de quienes la prestan.

Y no van a aceptarlo.

Si tienen que abandonar la sanidad pública, la abandonarán. De hecho, muchos ya lo han hecho. Algunos se han ido al extranjero. Otros a la sanidad privada. Otros buscan salidas donde puedan tener horarios compatibles con una vida personal y familiar digna, donde puedan ver a sus hijos, a sus parejas, a sus padres, a sus hermanos.

Y se irán primero los mejores. Los más eficientes, los más inteligentes, los más brillantes, los que tienen más opciones. Eso ya está pasando.

El perfil moral de los médicos ha cambiado. Y ha cambiado para bien.

Los médicos jóvenes no están dispuestos a anteponer indefinidamente los intereses sanitarios de la población a su propia salud y a su propia familia. No porque sean peores médicos, sino porque entienden algo esencial: para cuidar bien a los demás, primero hay que estar en condiciones de hacerlo. Para atender sin miedo, no se puede vivir con miedo. Para sostener un sistema, no se puede estar siendo aplastado por él.

Las cosas se pueden hacer de otra manera. Pero esa otra manera exige dinero, sí. Y exige, sobre todo, trabajo de verdad por parte de nuestra clase política. Exige pensar, planificar, negociar, escuchar y articular un sistema justo y sostenible para todos. Para los pacientes y para los profesionales.

Ese trabajo no se ha hecho nunca de verdad.

Y ahora empiezan las consecuencias.

Teruel se queda sin neurólogos. Otros hospitales se quedarán sin médicos. Los centros de salud tendrán cada vez más dificultades para cubrir plazas. Las urgencias serán cada vez más difíciles de sostener. No porque nadie necesite médicos, sino porque los médicos no querrán trabajar en sistemas que les faltan al respeto.

Lo que se están jugando nuestros políticos con su mediocridad no es una negociación laboral más. Lo que nos estamos jugando todos es el futuro de la sanidad pública. No a largo plazo. Probablemente a corto o medio plazo.

Y no será porque alguien la privatice.

Será porque no habrá suficientes médicos dispuestos a trabajar en ella.

Por eso, lo único que quiero pedir finalmente a nuestros políticos, esos que tan indignamente nos representan, es algo muy sencillo.

Pónganse a trabajar.

Escuchen.

Busquen soluciones.

Articulen un sistema público que pueda ser justo para todos: para los pacientes, para las enfermeras, para el resto de profesionales sanitarios y también para los médicos. Sí, también para los médicos. Esos a los que llevan meses sin escuchar mientras repiten que este Estatuto es para todos.

No lo es.

Un Estatuto que se construye excluyendo a una parte esencial del sistema no es un Estatuto para todos. Es otra imposición. Otra muestra de desprecio. Otro ladrillo más en el muro que muchos médicos jóvenes ya han decidido no seguir sosteniendo con su salud, su vida y su familia.

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Rafael Bustamante

Malagueño desde que abrí los ojos, allá por mayo del 71, he procurado desde entonces que nada me los cierre. Tengo la suerte de trabajar como neurólogo en el hospital de mi tierra, donde trato de aliviar, en la medida en que la naturaleza y la ciencia me permiten, las dolencias de mis conciudadanos y de nuestros visitantes, cuando se encuentran en el trance vital de alguna enfermedad neurológica que amenaza su bienestar. Cuando la amenazada es la sociedad, por otro tipo de procesos mórbidos, cuento con mi opinión, podrá juzgarse si acertada o no, pero siempre sincera.

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